Cultura contemporánea y ruralidad

Municipio de 90 habitantes próximo a la sierra de Codés que alberga la reserva natural de Peñalabeja, donde se conserva una especie poco habitual en la zona: el roble marojo. Actualmente no quedan agricultores en activo, pero los mayores recuerdan muy bien la importancia que en el pueblo tuvo el cultivo de tabaco. Desde finales del siglo XVI hasta el siglo XVIII, la localidad fue sede de un importante taller de escultura donde trabajaron los artistas más reconocidos de la zona.

Cabredo



 

ANDREA GANUZA
(Pamplona, 1988)

Su práctica artística se centra en la narración gráfica y el dibujo, experimentando con los límites del cómic y entendiéndolo como un lenguaje más del arte contemporáneo. Bajo una mirada crítica y un humor afilado, utiliza sus propias experiencias para poner atención en los ejes que nos atraviesan: lo social, lo político y lo emocional. Su formación y trabajo se desarrollan dentro y fuera de la Academia, alternando su participación en espacios oficiales con residencias, encuentros, laboratorios y festivales relacionados con la contracultura, la gráfica, el fanzine y el DIY (Do It Yourself).

En la actualidad vive y trabaja entre España y Colombia.

KARMELE OTEROS
(Pamplona, 1996)

Graduada en Creación y Diseño por la UPV/EHU. Actualmente trabaja como educadora en el Centro de Arte Contemporáneo de Huarte y en el Museo Jorge Oteiza.

Su práctica artística es una conjunción entre docencia y producción. Compagina su actividad de artista plástica con la de mediadora artística colaborando con diferentes instituciones. Trabaja en proyectos participativos vinculados al territorio y a la comunidad, siempre desde una perspectiva social.

PROYECTO

Proyecto de acción artística participativa que pretende tomar las calles del pueblo y sus alrededores.

Construimos la propuesta en base a los siguientes ejes: la revisión y apropiación de expresiones populares colectivas como la manifestación, el pasacalles o el carnaval; el uso  de la gráfica y el dibujo en su faceta más expansiva; la relación entre los habitantes humanos y no-humanos del medio rural; y el carácter procesual de su desarrollo a través de la participación de las personas de la comunidad.

julio 13, 2022

Cabredo / Visita 2

Llegamos sin ganas de llamar la atención, aunque lo hacemos desde el momento en que aparcamos el coche. Por lo menos llevamos el coche de Garbi, que tiene aire acondicionado y es una bala. La última vez aparecimos con el de Karmele, que se cae a trozos y tiene los dos retrovisores pegados con cinta adhesiva, como si fuese una carta de presentación.

Caminamos como guiris: despistadas, achicharradas bajo el sol de julio, sonrientes, observando con atención la superficie del pueblo, sin enterarnos de lo que ocurre en realidad. Fotografiamos cosas pequeñas que nos llaman la atención: casas bonitas, puertas astilladas, bodegones espontáneos, perros dormidos. Las casas nos miran tranquilas con ojos serenos y curiosos, apenas nos saludan desde la frescura de la sombra.
Es nuestra segunda visita a Kabredo y nuestra intención es relacionarnos con los habitantes no humanos del pueblo y sus alrededores, así que prestamos atención a la presencia de las montañas, los árboles, cultivos, hierbajos, pedruscos y animales. Nos cruzamos con un perrazo blanco que la vez anterior nos presentaron como el rey del pueblo. Me fastidia no recordar su nombre.

En La Balsa, a las afueras del pueblo, el sol de julio cae sin piedad arañándonos la piel.  Es más salvaje de lo que pensábamos y está llena de vida. Encontramos la superficie cubierta de algas sobre las que revolotean libélulas brillantes rojas y azules, y otras negras, grandes y ruidosas como helicópteros. Se escucha un jaleo de patos que arman barullo y salpican entre los juncos de la orilla. Al fondo, los árboles bailan con el viento. Puedo distinguir doce tipos de color verde.

Después de un rato sentadas en la orilla, estamos rodeadas de animales. Hay todo tipo de insectos acuáticos que se nos acercan con curiosidad, mientras nuestros cuerpos se hunden en el barro pantanoso y el agua reposa dejando ver el fondo de nuevo. Libélulas alocadas zumban sobre nuestras cabezas enredándose en nuestro pelo. Nos preguntamos si en el pueblo saben que hay dos locas desnudas jugando con insectos en el embalse.

El agua cambia de color casi sin darnos cuenta. Ahora es turquesa y brilla como si se hubiese tragado el firmamento entero. Recuerdo que la noche anterior en Genevilla me quedé impresionada con la cantidad de estrellas que se veían desde el pueblo. Le cuento a Karmele que es como si el agua estuviera respondiendo al cielo con todos esos brillos, pero ella no me hace mucho caso porque está intentando fotografiar una oruga de colores brillantes. Me gusta que trabajemos en un lugar rodeado de montañas.

Nos acabamos de conocer, pero dentro del agua parece que fuésemos viejos amigos. Llegaron armando un lío espantoso, con la radio a todo volumen y levantando polvo. Nos trajeron agua y celebrada cerveza y nos enseñaron por dónde entrar a la Balsa sin pisar las algas.

 Ahora nadamos todos juntos y huimos de las corrientes frías subacuáticas que te atraviesan el cuerpo y te dejan como un cubito de hielo. Iván vive en el pueblo y nos cuenta que dicen que en el fondo de la Balsa hay anguilas enormes. No sabemos si es cierto o quiere meternos miedo, pero después de esta información cada vez que un alga nos roza un pie se nos ponen los pelos de punta.
Aún así nos adentramos en la parte profunda y admiramos las montañas, que van tiñéndose de amarillo con la luz del atardecer.
Mientras luchamos para mantenernos a flote Iván me cuenta que la montaña que tenemos enfrente se llama León Dormido. Recibo ese nombre como un regalo.

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